Quién soy

Gracias por haber llegado hasta aquí, déjame contarte quien soy

Me llamo Carmelo Pérez Herrera.

Por Melo me conoce todo el mundo

¡Bienvenidos al Anaquel!

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Primero, quisiera reiterar mi agradecimiento

por visitar este sitio web. La verdad, no sé muy bien cómo explicar qué pretendo hacer con esto, cuál es mi meta o qué quiero conseguir. Mi idea es simple: reunir los conocimientos que he acumulado a lo largo de mi carrera en el mundo de la coctelería y plasmarlos en una web de fácil acceso.

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En este espacio, quiero promover mis servicios

como consultor, coach o monitor, y también ofrecer una plataforma para aquellos que, como yo en mis inicios, no sabían a dónde dirigir su atención en la industria. No pretendo ser arrogante con mis aportes ni fingir ser el mayor experto en la materia. Todo lo contrario, esto me sirve a mí como un ejercicio para recopilar y refrescar toda la información que he adquirido y que, con el tiempo, se puede desdibujar debido al ritmo diario y las responsabilidades.

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Quisiera dar las gracias a todos aquellos

que han sido, en algún momento, y siguen siendo, mis mentores. Ya los iré mencionando a lo largo de estas líneas.

Mi historia

 

Mi nombre es Carmelo Pérez Herrera, aunque todo el mundo me conoce como Melo. Solo recuerdo que me llamaban Carmelo cuando mi madre estaba enfadada. Soy bartender, coctelero, barman… y evitemos (por gustos personales) la palabra “mixólogo”, que aunque suena bonita y romántica, al final del día seguimos sirviendo combinados, ron con cola o whisky con soda. ¡Coctelero sí! ¡Bartender también! Y Barman, pues es el anglicismo adoptado por la lengua española.

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La verdad, no. Aunque me gustaba ver a Tom Cruise en la película, no me veía en ese papel. Mi entrada en este mundo fue más bien fortuita. Siendo joven y sin dinero, encontré trabajo como camarero de sala en una terraza “chill-out”, lounge, de fiestas… Y fue el destino el que me llevó a entrar detrás de la barra, a improvisar un poco y, en cierto modo, a jugar con las batidoras para los “frozen margaritas” y otros cócteles. Después de ver unos cuantos videos de YouTube y tras meses de hacer mojitos a granel, me sentí como Tom Cruise. ¡Qué equivocado estaba!

Todo cambió cuando asistí a una masterclass (de la que no recuerdo ni el producto ni el nombre del Bartender que la impartió) que me abrió los ojos y me hizo poner los pies en la tierra. Me dio una buena dosis de humildad y me hizo querer aprender más. Buscando cursos y diplomas para mejorar, me di cuenta de que aquel Bartender se movía diferente, sabía cosas que yo no, y era un verdadero coctelero. Eso me motivó, no por envidia, sino por el deseo de aprender.

Un amigo en Londres encontró una escuela llamada la European Bartending School. Cara… ¡por supuesto! Así que comencé a ahorrar. Pero no fue hasta que mi maravillosa esposa me ayudó que pude reunir el dinero necesario.

Así, con unos pocos euros, una escuela, una residencia pagada por un mes y una maleta llena de ropa… me lancé a Londres.

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Pues de 9:00 a 15:00 de lunes a viernes, un curso intensivo que se centraba en tres grandes áreas: Teoría, Flair y Cocktail Making, esta última dividida en dos partes, servicio y Free-Pouring.

La primera, Teoría, incluía nociones sobre la creación de los espirituosos, así como datos históricos y curiosidades. Además, había un apartado extenso sobre los ingredientes de los cócteles.

El Flair consistía en práctica tras práctica de una rutina, además de algunos trucos adicionales. Se cubría lo básico en cuanto a Working Flair y Exhibition Flair. Divertido, cuanto menos.

Y mi parte favorita, Cocktail Making, se centraba en la creación de cócteles en un entorno de trabajo simulado. Aquí practicábamos el shake, las técnicas para preparar los cócteles y cómo organizarlas en cadena para ahorrar el mayor tiempo posible.

Finalmente, el Free-Pouring. Ya explicaré esto con más detalle, pero básicamente se trataba de aprender a servir con exactitud usando “speed-pourers” o “boquillas” sin necesidad de medidores o jiggers.

En resumen, el curso valió la pena. Aquí adquirí una base sólida que desconocía por completo. Esta formación me ayudó a conseguir trabajo una vez establecido en Londres. No es 100% necesario, ya que se pueden adquirir las mismas habilidades y conocimientos de manera autodidacta o trabajando directamente. Pero requiere la misma intensidad y dedicación que el curso. Trabajo duro, empeño y constancia, aunque suene a tópico, siempre serán fundamentales. Y, permíteme añadir algo más: humildad. Humildad para entender que siempre habrá alguien de quien aprender, alguien cuya experiencia puedes recoger. Aunque no siempre las experiencias en el trabajo sean positivas, siempre se convierten en una enseñanza.

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Hoy, mi vida ha tomado un nuevo rumbo, y ya no me dedico solo a la coctelería. He descubierto una nueva pasión: la cocina. Este interés surgió inesperadamente gracias a un gran chef, cuyo nombre mencionaré más adelante, con quien trabajé en su restaurante. Un día, con la intención de ayudarlo en un evento especial, me ofrecí a echar una mano en la cocina. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que la cocina me apasionaba mucho más de lo que jamás habría imaginado. Lo que antes me parecía un espacio intimidante, lleno de presiones y desafíos, se transformó en un lugar de creatividad y descubrimiento. Mi miedo a la cocina se disipó, y encontré en ella una nueva dimensión de mi amor por la gastronomía. Ahora, no solo mezclo y sirvo cócteles, sino que también disfruto creando platos que despiertan los sentidos. Esta nueva faceta complementa y enriquece mi vida profesional, permitiéndome ofrecer una experiencia más completa y diversa tanto en la barra como en la mesa.

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¿Quién soy y a qué me dedico?

 

Mi nombre es Carmelo Pérez Herrera, aunque todo el mundo me conoce como Melo. Solo recuerdo que me llamaban Carmelo cuando mi madre estaba enfadada. Soy bartender, coctelero, barman… y evitemos (por gustos personales) la palabra “mixólogo”, que aunque suena bonita y romántica, al final del día seguimos sirviendo combinados, ron con cola o whisky con soda. ¡Coctelero sí! ¡Bartender también! Y Barman, pues es el anglicismo adoptado por la lengua española.

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La verdad, no. Aunque me gustaba ver a Tom Cruise en la película, no me veía en ese papel. Mi entrada en este mundo fue más bien fortuita. Siendo joven y sin dinero, encontré trabajo como camarero de sala en una terraza “chill-out”, lounge, de fiestas… Y fue el destino el que me llevó a entrar detrás de la barra, a improvisar un poco y, en cierto modo, a jugar con las batidoras para los “frozen margaritas” y otros cócteles. Después de ver unos cuantos videos de YouTube y tras meses de hacer mojitos a granel, me sentí como Tom Cruise. ¡Qué equivocado estaba!

Todo cambió cuando asistí a una masterclass (de la que no recuerdo ni el producto ni el nombre del Bartender que la impartió) que me abrió los ojos y me hizo poner los pies en la tierra. Me dio una buena dosis de humildad y me hizo querer aprender más. Buscando cursos y diplomas para mejorar, me di cuenta de que aquel Bartender se movía diferente, sabía cosas que yo no, y era un verdadero coctelero. Eso me motivó, no por envidia, sino por el deseo de aprender.

Un amigo en Londres encontró una escuela llamada la European Bartending School. Cara… ¡por supuesto! Así que comencé a ahorrar. Pero no fue hasta que mi maravillosa esposa me ayudó que pude reunir el dinero necesario.

Así, con unos pocos euros, una escuela, una residencia pagada por un mes y una maleta llena de ropa… me lancé a Londres.

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Pues de 9:00 a 15:00 de lunes a viernes, un curso intensivo que se centraba en tres grandes áreas: Teoría, Flair y Cocktail Making, esta última dividida en dos partes, servicio y Free-Pouring.

La primera, Teoría, incluía nociones sobre la creación de los espirituosos, así como datos históricos y curiosidades. Además, había un apartado extenso sobre los ingredientes de los cócteles.

El Flair consistía en práctica tras práctica de una rutina, además de algunos trucos adicionales. Se cubría lo básico en cuanto a Working Flair y Exhibition Flair. Divertido, cuanto menos.

Y mi parte favorita, Cocktail Making, se centraba en la creación de cócteles en un entorno de trabajo simulado. Aquí practicábamos el shake, las técnicas para preparar los cócteles y cómo organizarlas en cadena para ahorrar el mayor tiempo posible.

Finalmente, el Free-Pouring. Ya explicaré esto con más detalle, pero básicamente se trataba de aprender a servir con exactitud usando “speed-pourers” o “boquillas” sin necesidad de medidores o jiggers.

En resumen, el curso valió la pena. Aquí adquirí una base sólida que desconocía por completo. Esta formación me ayudó a conseguir trabajo una vez establecido en Londres. No es 100% necesario, ya que se pueden adquirir las mismas habilidades y conocimientos de manera autodidacta o trabajando directamente. Pero requiere la misma intensidad y dedicación que el curso. Trabajo duro, empeño y constancia, aunque suene a tópico, siempre serán fundamentales. Y, permíteme añadir algo más: humildad. Humildad para entender que siempre habrá alguien de quien aprender, alguien cuya experiencia puedes recoger. Aunque no siempre las experiencias en el trabajo sean positivas, siempre se convierten en una enseñanza.

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Hoy, mi vida ha tomado un nuevo rumbo, y ya no me dedico solo a la coctelería. He descubierto una nueva pasión: la cocina. Este interés surgió inesperadamente gracias a un gran chef, cuyo nombre mencionaré más adelante, con quien trabajé en su restaurante. Un día, con la intención de ayudarlo en un evento especial, me ofrecí a echar una mano en la cocina. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que la cocina me apasionaba mucho más de lo que jamás habría imaginado. Lo que antes me parecía un espacio intimidante, lleno de presiones y desafíos, se transformó en un lugar de creatividad y descubrimiento. Mi miedo a la cocina se disipó, y encontré en ella una nueva dimensión de mi amor por la gastronomía. Ahora, no solo mezclo y sirvo cócteles, sino que también disfruto creando platos que despiertan los sentidos. Esta nueva faceta complementa y enriquece mi vida profesional, permitiéndome ofrecer una experiencia más completa y diversa tanto en la barra como en la mesa.

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Hagamos que cada brindis cuente.

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